CAPITULO 20
Volvimos a casa y cada uno se
dirigió a su dormitorio sin decir ni una palabra. A la hora de cenar, Anne y
Carolina prepararon unos sándwiches y un cuenco de ensalada. Cenamos también en
silencio. Y cuando me dirigí a la cocina para dejar mi plato y mis cubiertos
usados, sonó el teléfono. Era el doctor de Gemma.
Nos sentamos todos en círculo,
mientras que el padrastro de Harry, contestaba a la llamada. La conversación
fue muy breve y cuando Robin colgó, su rostro no expresaba nada de alegría. Un
escalofrío recorrió todo mi cuerpo y un nudo de angustia se formó en mi
garganta y en mi pecho.
-No.., no puede ser..-suspiró
entre sollozos Anne. Se levantó y se envolvió en los brazos de su marido
mientras que ambos lloraban.
Giré mi mirada hacia Harry.
Estaba con las rodillas flexionadas y con las manos tapando su húmedo rostro
lleno de lágrimas. Carolina y yo nos abrazamos. Al principio no sabía cómo
debía sentirme, porque al fin y al cabo no conocía demasiado a Gemma aunque
había oído hablar de ella miles de veces. Pero tras unos minutos, el gran y
ahogador nudo de mi garganta, hizo que mis ojos también se empaparan de
lágrimas.
-Es mejor que os valláis ya a
la cama- dijo la madre de Harry aún llorando.
-Pero no podremos dormir con
esta agonía- respondí yo. Y era verdad, así de ahogados ninguno dormiría. Anne
puso cara seria, se secó las lágrimas y
se puso de pie.
-Pues más os vale porque
mañana mismo partís hacia el sur de Inglaterra con los demás. No pienso dejar
que os quedéis aquí con la tristeza de esta casa.-dijo ella de nuevo, y se
dirigió a la cocina indispuesta a escuchar una sola réplica más. Robin asintió
dando la razón a Anne y fue detrás de ella para encerrarse en la cocina.
Posiblemente preferirían desahogarse fuera de nuestra vista.
-Vamos chicos- cogí a ambos de
la mano y los llevé arriba a descansar.
Los dos habían dejado de
llorar. Bueno, Carolina aún sollozaba, pero Harry tenía la mirada perdida en
alguna parte. Le dejamos en su habitación para que puediera tener también un rato
para él mismo y nos fuimos a nuestro cuarto.
Ya allí, mi amiga se puso el
pijama y sin quitarse el maquillaje ni nada, se metió en la cama sin decir
palabra. Suspiré profundamente, no era típico de ella comportarse de aquella
manera y en una situación normal la habría dicho unas cuantas cosas; pero
aquella no era una situación normal.
Me metí en el baño, cerré la
puerta y me lavé la cara para limpiarla de todas las lágrimas de aquel día. Yo
no llevaba maquillaje así que no necesitaba jabones especiales ni nada.
Carolina y yo éramos como las típicas mejores amigas completamente diferentes.
Ella era tímida, yo no llegaba a ser extrovertida, pero casi. Yo pedía perdón
al momento y solía dar la razón al contrario, en una discusión. Ella por el
contrario, era un poco orgullosa. A mí me gustaba vestir cómoda y sencilla y
para nada me gustaba maquillarme. Ella también vestía normalmente cómoda pero,
siempre iba maquillada. Teníamos diecisiete años así que no me importaban sus manías
de que el maquillaje conjuntara con la ropa. De hecho, me hacía mucha gracia
verla preparando el conjunto del día. El caso es que todas aquellas cosas, nos
hacían mejores amigas porque nos completábamos una a la otra.
Salí del baño tras asearme, me
puse el pijama y me metí en la cama. Debía descansar porque tenía claro que
Anne no iba a cambiar su idea de que nos fuéramos al día siguiente.
Pasaron como dos horas y yo
seguía sin poder dormirme. Era típico de mí no tener sueño hasta tarde, pero
decidí que aquello ya era demasiado. Tenía toda la espalda empapada de sudor y
gotas de sudor caían por mi frente. Así que me levanté, me puse las zapatillas
y salí de la habitación.
Baje a la cocina para tomarme
un vaso de agua. Estaba abriendo la nevera cuando, de repente, escuché un ruido
en la oscuridad. Era una miedica, pero seguí a lo mío con una ola de miedo en mi
cuerpo. Abrí la puerta del armario donde se encontraban los vasos y al coger el
vaso, otra vez aquel sonido peliagudo volvió a producirse. Alguien estaba
caminando hacia mí y yo estaba aterrorizada. “Tranquila, no pasa nada, ¿quién
podría ser?” Pero seguía oyendo pasos, y
yo retrocedía hacia atrás despacio y temblando. Caí al suelo de golpe y cuando
fui a gritar, me tapé la boca. En ese momento, a pocos centímetros de mí
aparecieron unos enormes ojos amarillos. La luz de la luna me alumbraba y
entonces el cuerpo salió a la luz, acercándose más a mí.
Cuatro pequeñas
patitas salieron de la oscuridad. Y un pequeño gatito blanco y negro me lamió
la mejilla. Respiré de nuevo. Solo era la pequeña gata de Harry.
-Menudo susto me has dado
amiguita- susurré, mientras acariciaba su lomo.- ¿Te subes conmigo a la cama?
Así al menos ninguna de las dos estaremos solos.
Me levanté, cogí mi vaso de
agua y salí de la cocina, seguida de mi nueva amiga, Molly.